
Este es un post diferente, de tinte social y reproductor de una realidad que nos rodea.
La ciudad está repleta de niños que por diferentes razones se ven privados de los regalos propios a su edad, o que al menos deberían disfrutar sin restricciones.
Desde un juego en la plaza, un cuento antes de dormir o la invaluable calidez del ala protectora de sus familiares, ya nos es habitual cruzarnos con pequeños que saltearon la etapa de la inocencia para poder sobrevivir a un mundo que los golpea.
De día los vemos limpiando vidrios en las esquinas, caminando descalzos al rayo del sol o tocando alguna puerta por algo que comer.
De noche, ¡Que podría decir! Quisiera evitar generalizaciones pero algo shockeante me sucedió el fin de semana. Creo que cualquiera se sorprendería si en un evento popular de la música cordobesa te toparás con dos niños tomando vino y fumando a la par de quienes estaban supuestamente a su cargo.
Pareceré una ciega de la realidad, pero estas cosas me siguen sorprendiendo y me salta la duda si… ¿Alguna vez abriremos los ojos y nos daremos cuenta de lo mal que estamos?
Se hace difícil pretender la utopía de que la niñez sea un ciclo respetado por absolutamente todos. Pero sigue sin caber en mi cabeza la idea de que un pequeño de 8 años cambie el juego con los soldaditos o la cobija de su hogar por vivir el éxtasis de una vida de adultos sin frenos y sin límites.
Los jóvenes y los niños son el futuro… Pero, ¿qué futuro podremos construir si desde el principio les negamos la inocencia que les permite crecer sanos?





